Le dije que no quería volver a saber nada de él. Mentí. Mirándole a los ojos, mentí. Le dije que durante su ausencia no le había echado de menos. Mentí. Que ha habido otros detrás de él. Que las noches ahora vuelven a ser cálidas. Cuantas mentiras. Le dije que no había sabido hacerme feliz, que fue un capricho entre tantos. Mentí al decirle que yo nunca me enamoro, que lo mío con su risa había sido un pasatiempo. Que nunca había sentido celos al verle acercarse a otra, que me era indiferente con quién compartiera almohada. Él agachó la vista y yo le seguí mintiendo. Mentí porque hay mentiras que son barcos en mitad del mar, porque hay verdades que ahogan. No fue por orgullo, lo juro. Mucho menos por despecho. Fue por supervivencia. Mentí por no admitirle que si volvía a besarme terminaría de romperme. Mentí por no reconocer que a mí ya no me quedan argumentos para defenderle, para excusar sus idas y venidas ante la gente que siempre quiere quedarse a mi lado. Porque si no le mentía tenía que asumir que desaparecer de su vida fue un último intento de salvación. Que no soporto imaginar que mira a otras con los mismos ojos que me mira a mí y que me aterra recordar lo indefenso que le sentía en mis brazos. Le mentí porque hablarle de mis ansias por buscarle era igual que abandonar las armas y entregarse al enemigo. Que quise correr y hablarle de amor pero no lo hice por miedo a que no comprendiera mis palabras. Y que por eso le escribo lo que nunca le voy a dejar leer mientras a la cara le miento. Porque ya sé que lo que mal empieza, mal acaba. Porque esta vez tenía que proteger mi suerte. Mentí porque él no dudó en hacerlo, porque yo le hablé de felicidad y él prefirió no creerme. Que no era importante para mí, eso le dije y no me tembló la voz. Porque preferí mentir una vez a vivir con incertidumbre toda la vida. Mentí porque no podía seguir quemándome en el infierno de las dudas, porque nadie debe luchar para que le quieran. Elegí que se fuera porque nunca se quedaba del todo. Y es que sus decisiones son tan absurdas como mis mentiras, y he preferido darle verdaderos motivos para desconfiar de mi, así no tiene que inventárselos. Mentí para ponerle fácil la huida, para que en sus noches no volviera a soñar con abrazos valientes. Para que crea que no existo, que fui un espejismo. Para que se vaya él, por si acaso yo no consigo abandonar.
lunes, 29 de febrero de 2016
miércoles, 24 de febrero de 2016
Me gustas tú. Me gusto yo. Y viceversa.
Me encanta besar el sabor de la cerveza en tus labios. Las bocas imperfectas. Las narices rojas en invierno. Que me cuenten la aventura que hay detrás de cada cicatriz. Acariciar la cicatriz de tu costado. Las pecas en la cara. Los lunares de tu espalda. La sensación de velocidad. La adrenalina de un primer mordisco. Bailar sin ritmo pero con ganas. Agarrarme fuerte para bailar pegada a ti. El sexo sin tabús. Las casualidades inesperadas. Maquillarme en un retrovisor mientras te espero a la salida del trabajo. Mirarme fijamente con alguien que me gusta. Que me mires mientras estoy desprevenida. Inventarme las canciones en el coche con mis amigas. Haberte encontrado en mitad de esa canción que se convirtió en nuestra. La complicidad del silencio. Gritar que te amo. Los ataques de risa sin motivo. Matarte a cosquillas. Aprender algo nuevo cada día. Que me enseñes algo de mí misma en cada caricia. Los días tontos, atontados, tontunos y en paz. La paz en general. Las noches de tranquis. Las resacas haciendo memoria. Escribir sobre lo nuestro. Que sepas leer en braille en mi pecho. Reconciliarme contigo. Enfadarme de broma para matar la monotonía. La gente sin perfume. La pizza con extra de queso. Comerte a besos. El olor a bebé. Las sonrisas ladeadas. El ajetreo de Madrid. La tranquilidad del Retiro. Tus suspiros en mi nuca. Dormir contigo la siesta en verano. Andar semidesnuda por nuestra casa. Querer(te) sin límites.
Me gusta vivir. Me gusta sentir que vivo. Me gusta sentir que la vida es sencilla. Me gusta no morirme un poco cada día, sino nacer nuevamente cada mañana. Me gustas tú. Me gusto yo. Y viceversa. Me gusta vivirlo todo al lado de la gente que me hace sentirme viva.
domingo, 21 de febrero de 2016
La felicidad.
Una tarde de domingo viendo tu serie favorita. Un beso de la abuela en la nariz. Encontrar el curro de tu vida y, que no sea de aquello para lo que te habías formado, pero que te dé igual porque te encanta. Las flores de primavera en los balcones de tu barrio. El cielo de Madrid en un día de junio. Un abrazo de bienvenida en la terminal de un aeropuerto. El olor que desprende el pelo de la persona que amas. Tu chico calentándote las manos con las suyas en pleno invierno. Los mofletes quemados por el sol cualquier día de piscina. Encontrar al amor de tu vida la noche más inesperada. Que el amor sea correspondido, aunque dure lo que dura el verano. El apoyo de tus amigos de verdad. Las anécdotas con la gente con la que te has criado. Una mirada de deseo en mitad del bullicio. Escribir poesía una tarde de lluvia. La piel erizada con un beso en el cuello. Los ataques de risa en los momentos más inoportunos. Las situaciones vergonzosas que te matan a carcajadas al recordarlas con el tiempo. Una llamada a deshoras. Un te quiero en susurros. Un secreto entre dos. La complicidad de una media sonrisa. Un sobresaliente en tu asignatura favorita. Un complejo superado con dosis de autoestima. Besos, besos y más besos. Una nota de audio diciéndote que te quieren, aunque mañana no recuerden haberla enviado. El orgullo con el que te miran papá y mamá cada vez que triunfas. El olor a ropa limpia en el patio del pueblo. Sentirte guapa, sentirte amada, sentirte deseada. Un perdón a quien quieres, un perdón a ti mismo.
lunes, 15 de febrero de 2016
Estamos viviendo.
No quiero que te arrepientas de nada de lo que hagas de corazón. De nada, óyeme bien. Ni
siquiera de los errores que cometas conmigo. Siente, actúa, asume las consecuencias de tus actos y respétate a ti mismo. Que sí, que te vas a estrellar y no siempre habrá alguien esperándote abajo para curar tus heridas. A veces tienes que levantarte solo. Pero por favor, no dejes de arriesgar por eso. No dejes de actuar y de vivir simplemente por miedo a las heridas. Si te pasas media vida dando explicaciones por todos tus actos, te vas a perder media vida de experiencias. No pierdas el tiempo con quien no se lo merece, con quien te someta constantemente al castigo de la culpa y la penitencia. Sólo van a traer lamentos a una vida que debes vivir hasta agotar tu existencia. A mí me gusta la gente que grita, que estalla de felicidad, de amor, y también de rabia. La gente que protesta por una causa decente y que arriesga todas sus fichas porque no le importa ganar, sino disfrutar de la partida. Me gusta la gente con expectativas, con sueños, con ilusiones, que se enfrentan de cara al miedo, que se caen, se levantan y continúan. La gente absolutamente real, sin máscaras, sin ficciones, que celebra sus lágrimas, sus éxitos y los éxitos de las personas que quiere. La gente que se ríe de los conflictos sin importancia y comprende que la tristeza llega más tarde para quienes son capaces de burlar sus propios complejos. Ya
ves, que me gusta la gente que vive, que aprovecha su paso por los años a sabiendas de que son efímeros, que se dejan la piel por darle sentido a la palabra juventud. Porque ser joven no puede ser otra cosa que correr el riesgo de ser natural, real y humano, y para eso dan igual los años.
Pide perdón, por supuesto, las veces que haga falta, cuando creas que te has equivocado. El perdón tiene un valor tan importante como un te quiero, pierde su esencia cuando se usa sinrazón.
Hoy voy a colgar un cartel que diga: "No molestar, estamos viviendo".
viernes, 12 de febrero de 2016
Cuando tú me miras.
Cada vez que tú me miras me sopla las velas la
vida.
Acércate, que te quiero explicar que cuando tus ojos se posan de frente en mi cuerpo soy sólo una mujer de carne y hueso, siempre desnuda. Y que a la vez ese "sólo" representa lo más maravilloso que puedo ser, persona. Porque se me cae al suelo la ropa, el miedo, el agobio, la edad, y los asfixiantes horarios de la rutina. Porque, sin embargo, tus ojos ponen de píe mi elegancia, mi sensualidad, mi alegría y mis ganas de ser buena sin motivos. Eso haces de mí, la necesidad de querer cuidarte en contra de los que no entienden porque aún te protejo.
Desde que llegaste a mi vida, cuando tú me miras, sólo soy tus ojos, y todo lo demás me sobra. Desde aquel día nadie me ha vuelto a importar lo suficiente como para borrar las ganas de ti. No sé si me entiendes, que cuando se cruzan nuestras miradas, fervientes de deseo, se paran los relojes, dejan de sonar las alarmas, se suspende la burocracia y desaparece la gente que nos rodea del sitio en el que nos conocimos. Y es en ese preciso instante, cuando comprendo que no tengo mayor mérito que apuntar en mi currículum, que el de haber volado en tus pestañas con alas de diosa. Que sé que me he hecho inmortal en tu vida y no necesito pasaportes que me acrediten la existencia, porque llevo de identidad la marca de tus besos.
Y que por eso te quiero, porque nadie se compara a tus ojos, porque cuando apareces no hay fracasos en mi vida, y porque contigo todos los éxitos se valoran en términos de excelencia.
Imagen de la película: "Todos los días de mi vida".
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