Léeme:

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lunes, 6 de junio de 2016

Amigo


He venido a decirte que te quiero. Sólo eso. Todo eso. Te quiero a pesar de que los días transcurran rápido sin vernos, de que las obligaciones a veces nos separen y de que no me abraces todo lo que me gustaría. Te quiero porque la amistad no consiste en estar, sino en permanecer. Porque tú permaneces siempre y eres vida dentro de mi propia vida. Porque tienes el alma de colores y la paciencia de hierro, por todas las veces que te ha llenado de rabia mi tristeza y todas las alegrías que te has bebido en mi nombre. Por eso te quiero, por eso y porque cuando el azar cruzó nuestras vidas éramos tan solo unos críos y hemos sabido hacernos grandes juntos. Porque has creído siempre en el talento que había dentro de mí, incluso cuando mis inseguridades me hacían caminar con miedo. Así, entendí que amigo también significa compañero; compañero, sí, de batallas y de duelos, pero también de bailes y confidencias. Hoy quiero que sepas que tus abrazos son el único paraguas en el que puedo refugiarme con plena confianza los días de tormenta. Amigo, en mayúsculas, en negrita, grabado a fuego y tatuado en tinta en mi piel. Te quiero en términos absolutos, aunque eso suponga defender tu nombre en una batalla, proclamarme tu admiradora, bendecir tus sueños; Sobre todo cuando tus sueños son tan justos, tan sanos, tan merecidos. Gracias por permanecer, por corresponderme, por tu lealtad verdadera, por reírnos juntos de los que piensan que no es posible que la gente se quiera de una forma tan honesta. Gracias por acompañarme, por quitarme la venda tantas veces y por mirarme a los ojos tantas otras. Por ser tú, por serlo conmigo. Te quiero. 





domingo, 5 de junio de 2016

Lo estás consiguiendo.


Sé que llevas más de media vida entre libros y apuntes, que a veces pierdes la motivación, y que el camino es difícil y terriblemente largo. Pero, por favor, no cedas. No te rindas en todas esas ocasiones en que tendrás que rechazar un plan por estudiar. Tampoco lo hagas cuando el sol entre por tu ventana, invitándote a salir a ti por la puerta. Sé que será duro escuchar el silencio de una casa en la que todos duermen mientras tú das el penúltimo repaso. Conozco de sobra esa sensación de derrota cuando le entregas todo tu tiempo, tu ilusión, tus nervios y tu capacidad a un examen que, finalmente, no sale como esperabas. Y que añoras tu tiempo libre, tus amigos, tu siesta, y que tu familia ha desarrollado el increíble poder de soportar tu carácter en exámenes. Pero, ahora, no puedes rendirte. Muchos se han quedado por el camino y te planteas un millón de veces si tu decisión ha sido correcta, si el sacrificio merece la pena, o si sería mejor haber elegido cualquier otra opción más fácil. No te rindas, porque TÚ eres lo que este mundo necesita, porque tu capacidad de sacrificio te dará a ti un futuro mejor y a todos una sociedad mejor. Porque por mucho que a veces dudes, si llevas más de media vida formándote para esto, es porque realmente te gusta. No importa cuantas veces lo aborrezcas y reniegues de tus decisiones, estoy segura de que cada una de ellas han hecho de ti una mejor persona. No te rindas, porque sé que en mitad de esa soledad de las noches en vela y los cafés cargados, sonará el teléfono y encontrarás una voz amiga que conseguirá animarte. Tú también llorarás con una nota de examen y tratarás de buscar las palabras para que los demás entiendan que para ti no es sólo un número, que detrás de esa calificación está tu esfuerzo y, sobretodo, tus sueños. Y podrás llorar un día, pero al día siguiente tienes que levantarte de nuevo y comerte el mundo. Un mundo que te pertenece. No cedas. Porque a la sombra de este proyecto está tu familia, que se siente orgullosa de ti y hace suyos tus triunfos. Porque ese futuro que tanto ansías llegará, más tarde o más temprano, pero llegará. Y mientras llega, disfruta de los descansos en la biblioteca, del deporte, del ratito en el sofá, de los detalles de tus padres para hacerte la rutina más sencilla, de los repasos con tus compañeros, de las risas entre amigos, del chocolate y del té, de una vela nueva en tu escritorio, de sentirte identificado con otras personas, de un abrazo de ánimo y de todos esos colegas que conocerás por el camino y que nutrirán tu experiencia a través de la suya.

No te rindas. Porque vas a conseguirlo, porque aunque no lo creas, ya lo estás consiguiendo.




martes, 24 de mayo de 2016

Y no me arrepiento.

Llevo en los pies los zapatos de las caídas estrepitosas, debajo de ellos no me queda suelo, pero el vacío está lleno de golpes que me pegué por inconsciente. Y no me importan las cicatrices. Tengo el carmín de las celebraciones gastado en bocas ajenas, de tantos los besos que di a los amores imposibles de los que yo decidí colgarme. Y no me arrepiento. De las paredes de mi habitación cuelgan fotos en las que nadie sonríe, pero en las que todo el mundo parece feliz, como si supiera el objetivo de la cámara que la alegría nunca se exhibe en la feria de la aprobación ajena. Posar, lo que es posar, sólo lo hago para los ojos que no me exigen ficciones, y para mí misma cada mañana. Y no necesito más espejos. Tengo el calendario estancado en el mes de abril, porque la primavera es un estado emocional, y yo sigo floreciendo en todos los besos salados que desembocan en el mar. Guardo en un frasco de cristal las miradas perniciosas de los que ni han andado en mis zapatos, ni han saboreado mis besos, ni se engancharon a mis vicios, ni mucho menos sufrieron la culpa de mis benditos errores. Y no pienso dejarlas salir de ahí nunca. He hinchado mis pulmones para borrar decepciones, como la niña ilusionada que aún espera que al soplar la vela de su cumpleaños se hagan realidad sus deseos. Y no he conseguido olvidarlas. Hay chiquillos chapoteando felices en los charcos que formaron mis lágrimas, y jamás he visto llanto más agradecido que aquel que me enseñó a nadar en libertad. Y ya no me ahogo con palabras. En los bolsillos no me cabe ni una duda más, y no sé si es por demasiado joven, por demasiado sensible, o por tremendamente valiente, pero estoy dispuesta a declararle la guerra a todas aquellas que me impidan avanzar en mis proyectos. Y no me da miedo. He escrito un libro que habla de perdones que llegan y otros que se dejan ir, de oportunidades fracasadas, del miedo a lo desconocido incluso cuando lo conocido te abrasa, y del mar en calma después de ganarle la guerra a la tormenta, se titula juventud. Y le cabe toda una vida.



viernes, 13 de mayo de 2016

Por todos mis compañeros.


Recuerdo aquellos días de escarcha en el pelo y sol en las pestañas, y las tardes de olor a libros y rotuladores de colores. Libros viejos y nuevos, usados y sin estrenar, que se amontonaban formando un pilar infranqueable que separaba nuestros jóvenes ojos de los del compañero. Pero, sobretodo, les recuerdo a ellos. A ellos que formaron parte de la etapa más dulce y divertida de mi vida, que alegraron cada mañana con esa risa escandalosa que sólo es admisible en la adolescencia, con esas bromas inteligentes de las mentes que van más deprisa que los propios cuerpos, con ese ansia por descubrir cada rincón de la madurez y, a la vez, ese pánico indescriptible de alejarse a pasos agigantados de la más pura inocencia. Recuerdo cómo junto a ellos me equivoqué tantas veces que acabamos por formar el equipo de los incomprendidos, y cómo sólo sus oídos eran capaces de asimilar lo que sucedía con mis padres, con mis hermanos, con mis profesores, y con todos esos adultos que olvidan que alguna vez fueron jóvenes y perfectamente inconscientes. De su mano aprendí a leer, a formar palabras tan importantes como “amistad”, a ponerle tilde al corazón y a tachar con todas mis fuerzas la palabra miedo del diccionario. En su valentía encontré el impulso necesario para creerme capaz de cumplir todos mis sueños, y, en su abrazo, la lealtad incomparable que ofrece un compañero. En su pupitre pinté mi nombre, y, después, los suyos, y los uní todos con flechas, como si la tinta fuera capaz por sí sola de derribar todos los prejuicios que hablan de fechas de caducidad. Yo les miré en mitad de los muros de la escuela y vi en sus ojos una promesa de eternidad sincera, y, en su risa burlona, los excesos cotidianos que sólo llegan con la confianza ciega. Porque la juventud no es otra cosa que sacarle la lengua al destino y creerse, por encima de todas las cosas, invencible y eterno. Conté secretos en hojas de papel arrancadas de un cuaderno lleno de corazones, lancé al aire mis vicios, mis sueños, mis enamoramientos precoces y siempre, siempre, recibí respuesta y comprensión. Me reí en la cara de los horarios, intenté luchar contra un sistema que me impedía disfrutar más del aire libre, de la diversión, de las experiencias, y, después, escuché atentamente a los que me decían que el sacrificio es el único camino que lleva certeramente hacia el éxito. Levanté con mi pulso el trofeo de sus logros, comprendí las habilidades de cada uno, y las mías propias, y bendecí la suerte de que la vida ponga a tu disposición a personas tan compatibles, tan bondadosas, tan amigas. Entre esos muros di mi primer beso y me sonrojé por primera vez, para después correr por los pasillos a contárselo a mi mejor amiga. Por eso estaré siempre agradecida al sitio en el que los encontré. Y sí, puede que la vida consista en crecer y, que algún día me reiré de esta etapa entre libros y aparatos en los dientes, pero lo cierto, es que jamás la olvidaré, ni renegaré de mis orígenes. 

Porque, por muchos años que pasen, aquí tienen a una amiga, compañeros.


martes, 12 de abril de 2016

Droga.

He escuchado a una señora diciendo que para ella el tabaco es un placer, que se enciende un cigarrillo y es feliz. Maldito vicio que mata, he pensado yo. E instintivamente me he acordado de ti, de los meses en los que cada calada que llevaba tu nombre me iba matando poco a poco. De aquellos días tóxicos de esperas y vacíos, de frustración y mal genio por culpa de una ausencia que, en realidad, nunca estuvo presente. Qué estúpidos somos a veces, que teniéndolo todo a nuestro alcance, elegimos complicarnos la vida con decisiones que nos destruyen. Así es como yo te elegí a ti en el momento en el que la vida más me sonreía, asumiendo que iba a terminar enganchada a tu sonrisa y que eso me llevaría a perder la mía propia. Te elegí en aquellas noches en las que me buscabas y tu mirada me devoraba, a pesar de que eso implicara convertirme en culpable a la mañana siguiente. Siempre me he dejado encontrar cuando decidías encender la mecha de mis ganas, y así es como acabaste siendo la droga más adictiva del mundo. Cuando eso pasó, yo deje de ser libre, y como todos los adictos quise olvidarte a toda costa, y tras varias recaídas, tomé la decisión de desengancharme de golpe, porque poco a poco nunca se consigue. Levantarme día tras día con mono de tu piel, de tu olor, de tus formas y de tu boca. Pero lo conseguí, con un esfuerzo inimaginable, con millones de cicatrices invisibles para los ojos, pero muy dolorosas para mí y para los que me quieren. Tuve que asumir que ya no iba a volver a ser la de antes, que aquella mujer confiada e inocente que era cuando te conocí, ya no existía. Y, sin embargo, me encontré a mí misma queriéndome más que nunca, besando mis propias cicatrices, abrazando muy fuerte mi autoestima, y cosiendo cada una de las heridas que había sufrido mi orgullo. Me reconstruí y esto es lo que ahora soy: una mujer fuerte, valiente y segura que ya jamás te dejaría regresar. Una mujer en la que ya no tienes sitio, que ha superado la adicción más grave y se ha deshecho de todos los rastros de tu droga. 
Quizás es cierto y esa mujer es feliz cada vez que enciende un cigarrillo e inhala lentamente el humo del tabaco, pero quizás si pudiera volver a atrás rechazaría aquel primer ofrecimiento, cerraría para siempre esa cajetilla y se limitaría a ser adicta a la vida.